Guerra y Paz

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—Ah! ma délicieuse! Charmante![326]— dijo a Natasha, que se puso muy colorada. —Es imperdonable, mi querido conde— dijo, volviéndose a Iliá Andréievich, que entraba detrás, —eso de vivir en Moscú y no dejarse ver en ningún sitio. No, no se lo permitiré. Esta noche mademoiselle Georges va a declamar en mi casa, se reunirá un grupo de amigos, y si no lleva a sus dos bellas jóvenes, que son mejores que mademoiselle Georges, me enemistaré con usted. Mi marido no está aquí; se ha ido a Tver; si no, le habría dicho que viniera a buscarlos. Pero vengan sin falta de todos modos. Los espero a las nueve.

Saludó con la cabeza a la oficiala de la modista, a la que conocía, que se había inclinado ante la condesa respetuosamente; después se sentó junto al espejo, disponiendo artísticamente su vestido de terciopelo. No cesaba de hablar cordialmente, admirando siempre la belleza de Natasha; pasó revista a sus galas y les dedicó grandes alabanzas, sin olvidar su propio vestido en gaze métallique[327], traído de París, aconsejando a Natasha que se hiciera uno igual.

—Aunque a usted todo le va bien, querida.



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