Guerra y Paz
Guerra y Paz Al volver de Vorontsovo, Pierre atravesó la plaza Bolótnaia y vio a una gran muchedumbre reunida en torno al patíbulo. Estaban azotando a un cocinero francés acusado de espionaje. El castigo acababa de terminar y el verdugo desataba del potro a un hombre grueso, de rojizas patillas, medias azules y chaquetón verde, que gemía lastimeramente. El otro criminal, flaco y pálido, estaba a su lado. Ambos debían de ser franceses, a juzgar por sus caras. Con aire asustado y dolorido, semejante al francés flaco, Pierre se abrió paso entre la muchedumbre.
—¿Qué sucede? ¿Quiénes son? ¿Por qué los castigan?— preguntaba.
Pero la atención de la gente, funcionarios, pequeños tenderos y mercaderes, mujiks y mujeres con abrigos y pellizas, estaba de tal manera concentrada en lo que ocurría en el patíbulo, que nadie contestó. El hombre grueso se levantó; frunció el ceño, se encogió de hombros y, sin mirar en derredor, se puso su chaquetón, con el evidente deseo de mostrarse entero. Pero sus labios temblaron de pronto y, reprochándose su propia debilidad, rompió a llorar como lloran los hombres maduros y sanguíneos. La gente comenzó a hablar en voz alta y Pierre creyó que lo hacían para sofocar los propios sentimientos de piedad.
—Es el cocinero de no sé qué príncipe…