Guerra y Paz

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—Está visto, musiú, que la salsa rusa les resulta agria a los franceses… Le ha dejado mal gusto de boca— dijo un funcionario de arrugado rostro que estaba junto a Pierre cuando el azotado comenzó a llorar.

El funcionario miró en derredor para comprobar el efecto que hacía su broma; algunos rieron, otros siguieron mirando asustados al verdugo, que estaba desnudando al segundo condenado.

Pierre resopló, frunció el ceño y se volvió a toda prisa al coche sin dejar de murmurar palabras sin sentido. A lo largo del camino se estremeció varias veces y lanzó algunas exclamaciones en voz alta, hasta que el cochero le preguntó:

—¿Manda algo, Excelencia?

—Pero, ¿adónde vas?— gritó Pierre al cochero, que entraba en la Lubianka.

—¿No me ordenó que fuéramos a la residencia del general gobernador?

—¡Idiota! ¡Bruto!— gritó Pierre, llenando de insultos al cochero, cosa que hacía raras veces. —¡Te dije que a casa! ¡Y deprisa, estúpido! Tengo que salir hoy mismo— añadió ya para sí mismo.


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