Guerra y Paz

Guerra y Paz

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XXX

Vuelto a Gorki, después de dejar al príncipe Andréi, Pierre mandó a su caballerizo que tuviera dispuestos los caballos y lo despertara a primera hora de la mañana. Acto seguido se durmió detrás de un tabique, en un rincón cedido por Borís.

Cuando Pierre se despertó a la mañana siguiente, la isba estaba sola. Los cristales de las pequeñas ventanas temblequeaban. El caballerizo, junto al lecho, lo sacudía por el hombro tratando de despertarlo.

—¡Excelencia! ¡Excelencia!— gritaba zarandeando a Pierre y sin mirarlo. Parecía haber perdido toda esperanza de conseguirlo.

—¿Qué ocurre? ¿Ya es hora? ¿Ha empezado ya?— preguntó Pierre abriendo los ojos.

—Escuche los cañonazos, todos estos señores se han ido. Hasta el Serenísimo pasó hace tiempo— dijo el caballerizo de Pierre, que había sido soldado.

Pierre se vistió rápidamente y salió deprisa fuera de la isba. El día comenzaba claro, alegre y fresco; se sentía la humedad del rocío. El sol, que acababa de salir detrás de una nube, lanzaba sus rayos, interceptados por las nubes, sobre las techumbres de las casas y el polvo del camino mojado por el rocío nocturno, sobre las paredes de las isbas, las aberturas de las vallas y los caballos de Pierre, junto a la isba. En el patio se oía estruendo de cañones. Un ayudante y un cosaco pasaron al trote.


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