Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Pues ya ves, querido— dijo con una voz transfigurada por la sonrisa. —Creíamos que aquello era una desgracia y resultó una suerte. De no ser así, habría tenido que ir mi hermano al ejército, si yo no hubiese pecado; y mi hermano menor tenía cinco hijos, a cual más pequeño, mientras que yo no tenía más que a mi mujer. Nos nació una niña, pero Dios se la llevó antes de que me castigaran. Cuando estuve con permiso me encontré con que vivían mejor que antes, las cuadras llenas de ganado; las mujeres en casa, los dos hermanos ganando fuera; sólo el menor, Mijailo, estaba en casa. El padre dijo: “Para mí todos los hijos son iguales. Cualquiera que sea el dedo mordido, siempre duele; y si no hubieran llevado a Platón, habría tenido que ir Mijailo”. Nos llamó a todos, la verdad te digo, y nos puso delante de los iconos. “Mijailo —dijo mi padre—, ven aquí, híncate de rodillas ante él, y también tú, mujer, y también los nietos. ¿Lo habéis entendido?”, dijo. Así es, querido amigo mío. El destino escoge y nosotros juzgamos siempre: eso no está bien. Nuestra felicidad, amiguito, es como el agua en una nasa; parece que está llena, pero cuando la sacas no queda nada. Así es— y Platón pasó a su montón de paja.

Después de unos instantes de silencio se levantó.


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