Guerra y Paz
Guerra y Paz Era un día tibio y lluvioso de otoño. El cielo y el horizonte presentaban el mismo color de agua turbia. A veces parecía descender la niebla; a veces llovía con grandes gotas oblicuas. Denísov, con su burka y su chorreante gorro caucasiano de piel, montaba un flaco caballo de raza, de flancos hundidos. Lo mismo él que su caballo —que torcía la cabeza y contraía las orejas— se encogían bajo la lluvia. Denísov miraba preocupado hacia delante. Su adelgazado rostro, cubierto por una barba negra, espesa y corta, parecía enfadado. A su lado cabalgaba, también con burka y gorro caucasiano, en un fuerte y bien nutrido potro del Don, un capitán de cosacos, compañero de Denísov.
El tercer jinete, el capitán de cosacos Lavaiski, igualmente vestido, era un hombre alto, liso como una tabla, rubio, de rostro blanco, ojos pequeños y claros. Lo mismo su fisonomía que toda su persona y apostura poseían una expresión de calma y satisfacción propia. Aun cuando resultara imposible definir cuál era la peculiaridad del jinete y de su caballo, a primera vista se advertía que Denísov se sentía incómodo y molesto por el agua. Era un hombre que se había subido a un caballo. El capitán cosaco, por el contrario, se mostraba tan tranquilo y satisfecho como siempre. Era un hombre que formaba un todo con su cabalgadura, un ser único de fuerza duplicada.