Guerra y Paz
Guerra y Paz —Yo no digo nada, sólo digo que quiero ir con usted— repitió Petia con timidez.
—SÃ, hermano, ya es hora de olvidar semejantes amabilidades— prosiguió Dólojov, que parecÃa experimentar un especial placer en tratar aquel tema que irritaba a DenÃsov. —¿Por qué te has quedado, por ejemplo, con este muchacho?— preguntó, moviendo la cabeza. —¿Por qué te da lástima? Ya conocemos esos recibos… ¡EnvÃas cien y llegan treinta! Mueren de hambre o los matan. En este caso más vale no hacer prisioneros.
El capitán de cosacos, entornando sus ojos claros, hacÃa gestos de aprobación con la cabeza.
—No importa. No se puede razonar asÃ. No quiero hacerme responsable de ninguno. Tú afirmas que morirán. En todo caso, no será por mi culpa.
Dólojov se echó a reÃr:
—¿No habrán dado ellos veinte veces la orden de capturarme? Y si nos cogen a ti y a mÃ, a pesar de todo tu espÃritu caballeresco, nos colgarán de un pino— calló por unos instantes; luego dijo: —Pero vamos a lo práctico. Que venga mi cosaco con las cosas: tengo dos uniformes franceses. ¿Vienes conmigo?— preguntó a Petia.
—¿Yo? ¡SÃ, sÃ! ¡Sin falta!— exclamó el joven ruborizándose, casi a punto de llorar, y miró a DenÃsov.