Guerra y Paz

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—Et vous, jeune homme?[245] ¿Cómo se encuentra, mon brave?

Aun cuando cinco minutos antes el príncipe Andréi había podido decir algunas palabras a los soldados que lo transportaban, ahora, con los ojos fijos en Napoleón, guardó silencio… En ese instante le parecían tan mezquinos todos los intereses que embargaban a Napoleón; veía a su héroe tan nimio, con esa ridícula vanidad y el júbilo de la victoria, en comparación con el cielo alto, justo y bueno que él había visto, que comprendió que no podía contestar nada.

Todo le parecía inútil y mezquino comparado con el severo y majestuoso orden de ideas que había llegado a él con el agotamiento de sus fuerzas por el dolor, a la pérdida de sangre y a la espera de una muerte próxima. Fija la mirada en los ojos de Napoleón, el príncipe Andréi pensaba en la nulidad de las grandezas y de la vida, de una vida cuyo sentido nadie podía comprender; en la nulidad aún mayor de la muerte, cuyo significado ningún viviente podía discernir ni explicar.

El Emperador, sin esperar respuesta, se volvió y, al marcharse, dijo a uno de sus oficiales:

—Que atiendan a estos señores y los lleven a mi vivac, que mi doctor Larrey examine sus heridas. Hasta la vista, príncipe Repnin.

Y se alejó al galope, con el rostro resplandeciente de satisfacción y júbilo.


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