Guerra y Paz
Guerra y Paz No habÃa motivo alguno para que la princesa MarÃa estuviera inquieta por los suyos. No parecÃan nada intimidados. La viejecilla seguÃa sentada en el sillón, tranquila e inmóvil, con los ojos bajos, mirando de reojo a los recién llegados; acababa de poner la taza de té en el plato boca abajo y al lado un terrón de azúcar mordisqueado en espera de que le ofrecieran más té. Ivánushka bebÃa en el platillo, mirando disimuladamente, con ojos picaros y femeninos, a los jóvenes.
—¿Has estado en Kiev?— preguntó el prÃncipe Andréi a la vieja.
—SÃ, padrecito— respondió parlera la vieja. —En la misma Navidad tuve la dicha de comulgar cerca de las santas reliquias; ahora vengo de Koliazin, padrecito: hubo allà un gran milagro…
—¡Vaya! ¿Y estuvo contigo Ivánushka?
—Yo llevo mi camino, padrecito; me encontré con Pelágueiushka en Yújnovo— dijo Ivánushka, tratando de dar un tono varonil a su voz.
Pelágueiushka interrumpió a su compañero, deseosa de contar lo que habÃa visto.
—Hubo un gran milagro en Koliazin, padrecito.
—¿Qué, nuevas reliquias?— preguntó el prÃncipe Andréi.
—Déjala, Andréi— intervino la princesa MarÃa. —No se lo cuentes, Pelágueiushka.