Guerra y Paz
Guerra y Paz —¿Por qué dices eso, madrecita? ¿Por qué no se lo voy a contar? Es bueno; es mi bienhechor, mandado por Dios. Me dio diez rublos, lo recuerdo bien. Cuando estuve en Kiev, Kirusha, el beato, me dijo: ¿por qué no vas a Koliazin? Kirusha es un verdadero hombre de Dios, va descalzo en invierno y verano. Pues me dijo: “No vas por tu camino, vete a Koliazin. Ha aparecido una imagen milagrosa; con la Virgen santísima. Nada más oírlo, me despedí de la buena gente y allá me fui…
Todos guardaban silencio: la peregrina hablaba sola con voz mesurada, aspirando el aire.
—Llegué, padrecito, y la gente me cuenta: “Hay un gran milagro: de una mejilla de la Virgen santísima brota óleo sagrado…”.
—Bueno, bueno: lo contarás después— dijo ruborizándose la princesa María.
—¿Me permite que le haga una pregunta?— dijo Pierre, volviéndose a la viejecita: —¿Lo has visto tú misma?
—¡Claro que sí, padrecito! Sí, yo misma lo he visto, fui digna de ese honor. La cara le brillaba como la luz del cielo y de la mejilla de la Virgen caía gota a gota…
—¡Pero esto es una superchería!— comentó ingenuamente Pierre, que había escuchado con gran atención a la peregrina.