La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Lo que mĂĄs atormentaba a IvĂĄn Ilich era esa mentira âquiĂ©n sabe por quĂ© aceptada por todosâ segĂșn la cual solo estaba enfermo, no moribundo; lo Ășnico que tenĂa que hacer era conservar la calma y curarse y todo saldrĂa a las mil maravillas. Pero Ă©l sabĂa que, hiciera lo que hiciese, no cabĂa pensar en otro desenlace que no fueran unos sufrimientos atroces y, en Ășltima instancia, la muerte. Y le martirizaba esa mentira, le martirizaba que no quisieran reconocer lo que todos, incluido Ă©l mismo, sabĂan; que pretendieran mentirle sobre su horrible situaciĂłn y le obligaran a tomar parte en esa mentira. Esa mentira urdida en vĂsperas de su muerte, esa mentira que rebajaba el acto terrible y solemne de su muerte al nivel de cualquier visita, de sus historias de cortinas, de esas cenas en las que servĂan esturiĂłn⊠esa mentira constituĂa un espantoso tormento para IvĂĄn Ilich. Y, cosa extraña, en mĂĄs de una ocasiĂłn, cuando tales personas le venĂan con sus bromitas, habĂa estado a punto de gritarles: «Dejad de mentir, sabĂ©is tan bien como yo que me estoy muriendo, asĂ que al menos dejad de mentir». Pero nunca tuvo el valor de hacerlo. Se daba cuenta de que cuantos le rodeaban rebajaban el acto terrible y espantoso de su muerte al nivel de una contrariedad pasajera y un tanto inadecuada (se comportaban con Ă©l mĂĄs o menos como se hace con una persona que, al entrar en un salĂłn, difunde una oleada de mal olor), tomando en consideraciĂłn ese decoro al que Ă©l se habĂa plegado a lo largo de toda su vida. VeĂa que nadie le compadecĂa porque no habĂa nadie que quisiera comprender siquiera su situaciĂłn. Solo GuerĂĄsim la comprendĂa y le compadecĂa. Por eso era la Ășnica persona con la que se encontraba a gusto. Se sentĂa bien cuando GuerĂĄsim le sujetaba las piernas, a veces durante toda la noche, y se negaba a irse a la cama, cuando Ă©l se lo proponĂa, con el siguiente argumento: «No se preocupe, IvĂĄn Ilich, ya echarĂ© luego un sueñecito»; o cuando, pasando de pronto al tuteo, añadĂa: «Si no estuvieras enfermo serĂa otra cosa; pero en tu estado, es normal que lo haga». GuerĂĄsim era el Ășnico que no mentĂa; ademĂĄs, segĂșn todas las apariencias, era el Ășnico que comprendĂa lo que estaba sucediendo y no consideraba necesario disimularlo, solo se compadecĂa de su extenuado y consumido señor. Hasta habĂa llegado a decĂrselo abiertamente, una vez que IvĂĄn Ilich le habĂa ordenado retirarse: