La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich —Todos tenemos que morir. ¿Por qué no molestarse, pues, un poco por los demás? —Y con esas palabras querÃa decir que sus tareas no le pesaban porque las hacÃa por un moribundo con la esperanza de que, llegado el caso, alguien hiciera lo mismo por él.
Además de esa mentira —o acaso como consecuencia de ella—, lo más penoso para Iván Ilich era que nadie lo compadeciera como a él le habrÃa gustado: en determinados momentos, después de prolongados sufrimientos, habrÃa deseado por encima de todo, por más que le diera vergüenza reconocerlo, que alguien se compadeciese de él como si fuese un niño enfermo. Le habrÃa gustado que le acariciaran, que lo besaran y que llorasen por él, como se mima y se consuela a los niños. SabÃa que era un importante magistrado de barba cana y que, por tanto, su pretensión era imposible; pero eso no hacÃa que lo deseara menos. Si la relación con Guerásim le confortaba era precisamente porque intuÃa un componente de ese tipo. Iván Ilich querÃa llorar, querÃa que lo acariciaran y lloraran por él, y hete aquà que viene a verle un colega, el juez Shébek, y, en lugar de llorar y dejarse acariciar, Iván Ilich adopta una expresión seria, severa, concentrada y, por mera costumbre, da su opinión sobre el significado de una sentencia de casación y la defiende con uñas y dientes. Esa mentira que no solo le rodeaba, sino que estaba dentro de él fue lo que más envenenó los últimos dÃas de su vida.