La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich El reputado médico llegó a las once y media, como estaba previsto. Otra vez empezaron las auscultaciones, las conversaciones serias sobre el riñón y el intestino ciego, tanto en su presencia como en la habitación contigua, las preguntas y las respuestas con ese aire de importancia; en suma, una vez más, en lugar de ocuparse de la verdadera cuestión, la de la vida y la muerte, que era la única que ya podía incumbirle, se perdieron en consideraciones sobre el riñón y el intestino ciego, que no cumplían con su cometido y a los que Mijaíl Danílovich y la celebridad iban a atacar sin pérdida de tiempo para meterlos en vereda.
El médico eminente se despidió con aire serio, aunque no exento de esperanza. Y a la tímida pregunta que Iván Ilich le dirigió, los ojos relucientes de terror y esperanza fijos en él, sobre si había alguna posibilidad de curación, respondió que alguna había, aunque no podía prometerle nada. La mirada esperanzada con la que Iván Ilich acompañó al médico era tan lastimosa que, al reparar en ella, Praskovia Fiódorovna, que en ese momento traspasaba el umbral del despacho para pagar los honorarios al médico eminente, se echó a llorar.
El optimismo suscitado por las seguridades del médico no duró mucho. De nuevo la misma habitación, los mismos cuadros, las cortinas, el papel pintado, los frascos, y el mismo cuerpo enfermo y doliente. Empezó a gemir, le pusieron una inyección y se quedó dormido.