El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso Parecía un discurso un tanto extraño, dadas las circunstancias, pero casi ni nos dimos cuenta, tan conmocionados y afligidos estábamos por el injusto asesinato que había cometido; porque era asesinato: no podía llamársele de otra forma, y no tenía atenuante ni disculpa, ya que aquellos hombres no le habían hecho nada malo. Nos pusimos tristes, porque lo apreciábamos, lo teníamos por un ser noble, hermoso y magnánimo, y habíamos creído sinceramente que era un ángel; pero verle cometer tal crueldad lo rebajaba; y nosotros nos habíamos enorgullecido tanto de él. Continuó hablando como si nada hubiera pasado, contándonos sus viajes y las cosas interesantes que había visto en los mundos de nuestro sistema solar y en los de otros sistemas —muy lejanos, en lo más remoto del espacio—, y las costumbres de los inmortales que los habitan, dejándonos fascinados, hechizados, cautivados, a pesar de la desgarradora escena que ahora se desarrollaba ante nuestros ojos; porque las esposas de los hombrecitos muertos habían encontrado los cuerpos, aplastados y deformados, y lloraban sobre ellos, entre sollozos y lamentos, y un sacerdote se arrodillaba, con las manos cruzadas sobre el pecho, orando; y grupos y más grupos de apenados amigos se arremolinaban a su alrededor, con las cabezas descubiertas e inclinadas en señal de reverencia, muchos de ellos con lágrimas en los ojos. Una escena a la que Satán no prestó atención hasta que el ruido de los llantos y las oraciones empezó a molestarle; entonces alargó el brazo, cogió el pesado tablón que hacía las veces de asiento en nuestro columpio, lo dejó caer y aplastó a toda aquella gente contra el suelo, como si fuesen moscas, y siguió hablando igual que antes.