El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso Aquel secreto lo llevábamos sin ningún problema, pero el otro, el grande, el magnífico, nos quemaba las entrañas; tantas ganas tenía de salir y nosotros de que saliera, para dejar atónita a la gente. Pero debíamos guardarlo en nuestro interior; mejor dicho: se guardaba él solo. Satán nos había dicho que así sería, y así era. Todos los días nos íbamos al bosque para estar solos y poder hablar de Satán; aquello era lo único en lo que pensábamos y que nos importaba. Lo buscábamos día y noche con la esperanza de que viniera, más impacientes a cada momento. Los demás chicos ya no nos interesaban, no compartíamos con ellos ni juegos ni aventuras. Nos parecían tan sosos, después de conocer a Satán; y sus asuntos tan insignificantes y vulgares comparados con las aventuras en la antigüedad y en las constelaciones, y con sus milagros, desvanecimientos, explosiones y esas cosas.
Durante el primer día nos ahogaba la ansiedad por un motivo, y no dejábamos de acudir a casa del padre Peter con cualquier pretexto para vigilar. Era por culpa de las monedas de oro: teníamos miedo de que se convirtieran en polvo, como el dinero de las hadas. Si eso ocurría… pero no ocurrió. Al final del día nadie se había quejado, estábamos seguros de que se trataba de oro auténtico, por lo que la ansiedad desapareció de nuestras mentes.