Principe y mendigo
Principe y mendigo Al romper el alba aquella misma mañana, Tom Canty se estremeció al salir de un profundo sueño y abrió los ojos en la oscuridad. Permaneció en silencio unos instantes, tratando de analizar sus confusos pensamientos e impresiones, y de ponerlos en orden; de pronto estalló con voz arrebatada, pero sofocada:
—Lo veo claro, lo veo claro. Loado sea Dios, que por fin estoy despierto. ¡Ven, alegrÃa! ¡Huye, pesar! ¡Hola, Nan! ¡Bet! Sacudid la paja y venid a mi lado para que haga penetrar en vuestros incrédulos oÃdos el sueño más insólito que han evocado jamás los espÃritus de la noche para dejar pasmada el alma de un hombre. ¡Hola, Nan! ¡Digo! ¡Bet!
Una vaga forma apareció a su lado y una voz le dijo:
—¿Te dignas darme tus órdenes?
—¡Mis órdenes! ¡Ah, Dios mÃo! Conozco tu voz. Habla. ¿Quién soy yo?
—¿Tú? A fe mÃa que anoche eras el PrÃncipe de Gales; hoy eres su graciosa Majestad, el rey Eduardo de Inglaterra.
Tom enterró la cabeza en la almohada y dijo con voz plañidera:
—¡Ay de mÃ! No era un sueño. Ve a descansar, buen señor, y déjame con mis penas.