Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—¡Calla! Allí viene un hombre de cara bondadosa. Ahora me voy a desplomar como si tuviera un ataque. Cuando se llegue a mí ese hombre, tú empezarás a gemir, y caerás de rodillas, haciendo ver que lloras. Luego gritarás como si tuvieras metidos en la tripa todos los demonios del dolor, y dirás: «¡Oh, señor, es mi pobre hermano enfermo, y no tenemos a nadie! ¡En nombre de Dios, mirad con piadosos ojos a un pobre enfermo, abandonado y miserable! Dad aunque sea un penique a un ser desamparado de Dios y a punto de morir». Y ten en cuenta que no has de cesar de gemir hasta que le saquemos el penique, pues de lo contrario te arrepentirás.

Inmediatamente empezó Hugo a gemir, a gruñir, a poner los ojos en blanco y a tambalearse, y cuando el desconocido estuvo cerca se tendió en el suelo delante de él, lanzando un grito, y empezó a retorcerse en el polvo al parecer en agonía.

—¡Oh, Dios mío! —Exclamó el benévolo desconocido—. ¡Pobrecillo, pobrecillo! ¡Cómo debe de sufrir! Déjame que te ayude.

—¡Oh, noble señor! Dios os bendiga por ser tan principal caballero, pero me causa muchos dolores que me toquen cuando me da el ataque. Mi hermano dirá a vuestra excelencia cuánto me dobla y cuál es mi angustia al ponerme así. Un penique, señor, un penique para comprar un poco de alimento, y dejadme con mis males.


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