Principe y mendigo
Principe y mendigo Comenzaron a parpadear las luces, empezó a llover, se alzó el viento y cerró la noche cruda y tempestuosa. El prÃncipe sin hogar, el desamparado heredero del trono de Inglaterra, siguió adelante, hundiéndose en lo profundo de un laberinto de callejones escuálidos en que se apiñaban las hacinadas colmenas de pobreza y miseria.
De pronto un enorme rufián borracho lo agarró del cuello y le dijo:
—¡Otra vez en la calle a estas horas de la noche y no traes ni una blanca a casa, lo aseguro! ¡Si asà es, y no te rompo todos los huesos de tu flaco cuerpo, entonces no soy Juan Canty, sino algún otro!
El prÃncipe se retorció para librarse, sacudió el hombro inconscientemente y dijo de inmediato:
—¡Ah! ¿Eres su padre? ¿De veras? Quiera el cielo que sea asÃ, pues entonces irás por él y me devolverás.
—¿Su padre? No sé qué quieres decir. Lo que sà sé es que soy tu padre, como no tardarás en verlo.
—¡Oh! ¡No te burles, no te mofes, no te demores! Estoy herido, no puedo resistir más. Llévame al rey mi padre y él te hará rico como no has podido soñar jamás. Créeme, créeme: no digo mentira, sino la verdad pura. Retira tu mano y sálvame. Soy realmente el PrÃncipe de Gales.