Principe y mendigo

Principe y mendigo

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No le encontraron más que un documento. El oficial lo abrió y Hendon sonrió al reconocer los «garabatos» de su perdido amiguito en aquel negro día de Hendon Hall. El rostro del oficial se ensombreció al leer los párrafos ingleses; y Miles palideció intensamente al escuchar sus palabras.

—¡Otro nuevo pretendiente a la corona! —Exclamó el oficial—. En verdad que hoy crecen como conejos. Prended al tunante, muchachos, y ved de tenerle sujeto, mientras yo llevo adentro este precioso papel y se lo mando al rey.

Alejose de prisa, dejando al preso en manos de los alabarderos.

—Ahora ha terminado al fin mi mala suerte —murmuró Hendon—, porque con seguridad he de pender del extremo de una cuerda por ese pedacito de papel. ¡Y qué será de mi pobre muchacho!, ¡ah, sólo el buen Dios lo sabe!

Pronto vio que volvía el oficial, con gran prisa; hizo acopio, pues, de valor, proponiéndose hacer frente a la situación como correspondía a un hombre. El oficial ordenó a sus hombres que soltaran al preso y le devolvió su espada; luego se inclinó respetuosamente y dijo:

—Señor, servíos seguirme.

Siguiole Hendon, diciéndose:


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