Principe y mendigo
Principe y mendigo —¡Basta! No ofendas mis oÃdos con ese nombre odiado. ¿Ha de vivir siempre ese hombre? ¿Se han de poner trabas a mi voluntad? ¿Ha de verse el prÃncipe privado de su dignidad de tal porque, ¡vive Dios!, no hay en el reino un conde mariscal limpio de infame traición para investirlo de sus honores? ¡No, por la gloria de Dios! Ordenad a mi Parlamento que antes de que salga de nuevo el sol me traiga la cabeza de Norfolk, pues de lo contrario me responderán de ello lastimosamente[3].
—La voluntad del rey es ley —dijo lord Heaford, y, levantándose volvió a su puesto.