Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo En cuanto anocheció del todo corté la corriente de las cercas y a tientas llegué hasta el terraplén que bordeaba nuestro lado de la zanja de dinamita. Me arrastré cautelosamente hasta la cima y me tendí sobre la pendiente para vigilar. Pero estaba tan oscuro que no se veía nada. Tampoco se oía sonido alguno. Reinaba una calma mortal. En realidad, sólo me llegaban los típicos sonidos del campo -el batir de alas de los pájaros nocturnos el zumbido de los insectos, el lejano ladrido de algún perro y el tranquilo mugir del ganado en la distancia-, pero éstos, lejos de romper la calma, la hacían más intensa, añadiendo además una ominosa melancolía.