Abel Sánchez
Abel Sánchez —Nada, chico, que espero hacerte un retrato estupendo.
—¿A m� ¿Será a ella?
—No, el retrato será para ti, aunque de ella.
—¡No, eso no, el retrato será para ella!
—Bien, para los dos. Quién sabe… Acaso con él os una.
—Vamos, sÃ, que de retratista pasas a…
—A lo que quieras, JoaquÃn, a celestino, con tal de que dejes de sufrir asÃ. Me duele verte de esa manera.
Empezaron las sesiones de pintura, reuniéndose los tres. Helena se posaba en su asiento solemne y frÃa, henchida de desdén, como una diosa llevada por el destino. «¿Puedo hablar?», preguntó el primer dÃa, y Abel le contestó: «SÃ, puede usted hablar y moverse; para mà es mejor que hable y se mueva, porque asà vive la fisonomÃa… Esto no es fotografÃa, y además no la quiero hecha estatua…». Y ella hablaba, hablaba, pero moviéndose poco y estudiando la postura. ¿Qué hablaba? Ellos no lo sabÃan. Porque uno y otro no hacÃan sino devorarla con los ojos; la veÃan, no la oÃan hablar.
Y ella hablaba, hablaba, por creer de buena educación no estarse callada, y hablaba zahiriendo a JoaquÃn cuanto podÃa.
—¿Qué tal vas de clientela, primito? —le preguntaba.