Abel Sánchez
Abel Sánchez —¿Tanto te importa eso?
—¡Pues no ha de importarme, hombre, pues no ha de importarme…! Figurate…
—No, no me figuro.
—lnteresándote tú tanto como por mà te interesas, no cumplo con menos que con interesarme yo por ti. Y, además, quién sabe…
—¿Quién sabe, qué?
—Bueno, dejen eso —interrumpió Abel—; no hacen sino regañar.
—Es lo natural —decÃa Helena— entre parientes… Y además, dicen que asà se empieza.
—¿Se empieza, qué? —preguntó JoaquÃn.
—Eso tú lo sabrás, primo, que tú has empezado.
—¡Lo que voy a hacer es acabar!
—Hay varios modos de acabar, primo.
—Y varios de empezar.
—Sin duda. ¿Qué, me descompongo con este floreteo, Abel?
—No, no, todo lo contrario. Este floreteo, como le llama, le da más expresión a la mirada y al gesto. Pero…
A los dos dÃas tuteábanse ya Abel y Helena; lo habÃa querido asà JoaquÃn, que al tercer dÃa faltó a una sesión.