Abel Sánchez
Abel Sánchez —Aún no… Acaso porque Dios veÃa ya en CaÃn el futuro matador de su hermano… al envidioso…
—Entonces es que le habÃa hecho envidioso, es que le habÃa dado un bebedizo. Sigue leyendo.
—«Y ensañóse CaÃn en gran manera y decayó su semblante. Y entonces Jehová dijo a CaÃn: ¿Por qué te has ensañado?, ¿y por qué se ha demudado tu rostro? Si bien hicieres, ¿no serás ensalzado?, y si no hicieres bien el pecado está a tu puerta. Ahà está que te desea, pero tú le dominarás…».
—Y le venció el pecado —interrumpió JoaquÃn—, porque Dios le habÃa dejado de su mano. ¡Sigue!
—«Y habló CaÃn a su hermano Abel, y aconteció que estando ellos en el campo, CaÃn se levantó contra su hermano Abel y le mató. Y Jehová dijo a CaÃn…».
—¡Basta! No leas más. No me interesa lo que Jehová dijo a CaÃn luego que la cosa no tenÃa ya remedio.
Apoyó JoaquÃn los codos en la mesa, la cara entre las palmas de la mano, y clavando una mirada helada y punzante en la mirada de Abel, sin saber de qué alarmado, le dijo:
—¿No has oÃdo nunca una especie de broma que gastan con los niños que aprenden de memoria la Historia Sagrada cuando les preguntan: «¿Quién mató a CaÃn?»?