La TÃa Tula
La TÃa Tula Lo que más preocupaba a Gertrudis era evitar que entre ellos naciese la idea de una diferencia, de que habÃa dos madres, de que no eran sino medio hermanos. Mas no podÃa evitarlo. Sufrió en un principio la tentación de decirles que las dos, Rosa y Manuela, eran, como ella misma, madres de todos ellos, pero vio la imposibilidad de mantener mucho tiempo el equÃvoco; y, sobre todo, el amor a la verdad, un amor en ella desenfrenado, le hizo rechazar tal tentación al punto.
Porque su amor a la verdad confundÃase en ella con su amor a la pureza. Repugnábanle esas historietas corrientes con que se trata de engañar la inocencia de los niños, como la de decirles que los traen a este mundo desde ParÃs, donde los compran. «¡Buena gana de gastar el dinero en tonto!» , habÃa dicho un niño que tenÃa varios hermanos y a quien le dijeron que a un amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus padres. «Buena gana de gastar mentiras en balde —se decÃa Gertrudis; añadiéndose—; toda mentira es, cuando menos, en balde».
—Me han dicho que soy hijo de una criada de mi padre; que mi mamá fue criada de la mamá de mis hermanos.
Asà fue diciendo un dÃa a casa el hijo de Manuela. Y la tÃa Tula, con su voz más seria y delante de todos, le contestó: