La TÃa Tula
La TÃa Tula Pero ya Ramiro tuvo que darse por vencido y dejó que su Manuela criara al niño mientras Gertrudis lo dispusiese asÃ.
Y ahora se encontraba ésta con que tenÃa que criar a la pequeñuela, a la hija de la muerte, y que forzosamente habÃa de dársela a una madre de alquiler, buscándole un pecho mercenario. Y esto le horrorizaba. Horrorizábale porque temÃa que cualquier nodriza, y más si era soltera, pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su posición. «Si es soltera —se decÃa—, ¡malo! Hay que vigilarla para que no vuelva al novio o acaso a otro cualquiera, y si es casada, malo también, y peor aún si dejó al hijo propio para criar al ajeno». Porque esto era lo que sobre todo le repugnaba. Vender el jugo maternal de las propias entrañas para mantener mal, para dejarlos morir acaso de hambre, a los propios hijos, era algo que le causaba dolorosos retortijones en las entrañas maternales. Y asà es cómo se vio desde un principio en conflicto con las amas de crÃa de la pobre criatura, y teniendo que cambiar de ellas cada cuatro dÃas. ¡No poder criarle ella misma! Hasta que tuvo que acudir a la lactancia artificial.