La TÃa Tula
La TÃa Tula Cuando un dÃa se le acercó Caridad y, al oÃdo, le dijo: «¡Madre…!», al notarle el rubor que le encendÃa el rostro, exclamó: «¿Qué? ¿Ya?». «¡SÃ, ya!», susurró la muchacha. «¿Estás segura?». «¡Segura; si no, no te lo habrÃa dicho!». Y Gertrudis, en medio de su goce, sintió como si una espada de hielo le atravesase por medio el corazón. Ya no tenÃa que hacer en el mundo más que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su Ramiro y su Rosa, a su nieto, a ir luego a darles la buena nueva. Ya apenas se cuidaba más que de Caridad, que era quien para ella llenaba la casa. Hasta de Manolita, de su obra, se iba descuidando, y la pobre niña lo sentÃa; sentÃa que el esperado iba relegándole en la sombra.
—Ven acá —le decÃa Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se encontraban a solas, ocasión que acechaba—, ven acá, siéntate aquÃ, a mi lado… ¿Qué, le sientes, hija mÃa, le sientes?
—Algunas veces…
—¿No llama? ¿No tiene prisa por salir a la luz, a la luz del sol? Porque ahà dentro, a oscuras…, aunque esté ello tan tibio, tan sosegado… ¿No da empujoncitos? Si tarda no me va a ver…, no le voy a ven.. Es decir: ¡si tarda, no!, si me apresuro yo…
—Pero, madre, no diga esas cosas…