La Tía Tula

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Y en esto, mientras soñaba así y como para guardar en su pecho este último ensueño y llevarlo como viático al seno de la madre tierra, la pobre Manolita cayó gravemente enferma. «¡Ah, yo tengo la culpa —se dijo Gertrudis—, yo, que con esto de la parejita de mi ensueño me he descuidado de esa pobre avecilla…! Sin duda en un momento en que necesitaba de mi arrimo ha debido de coger algún frío …». Y sintió que le volvían las fuerzas, unas fuerzas como de milagro. Se le despejó la cabeza y se dispuso a cuidar a la enferma.

—Pero, madre —le decía Caridad—, déjeme que le cuide yo, que le cuidemos nosotras… Entre yo, Rosita y Elvira le cuidaremos.

—No; tú no puedes cuidarla como es debido, no debes cuidarla… Tú te debes al que llevas, a lo que llevas, y no es cosa de que por atender a esta malogres lo otro… Y en cuanto a Rosita y Elvira, sí, son sus hermanas, la quieren como tales, pero no entienden de eso, y además la pobre, aunque se aviene a todo, no se halla sin mí… Un simple vaso de agua que yo le sirva le hace más provecho que todo lo que los demás le podáis hacer. Yo sola sé arreglarle la almohada de modo que no le duela en ella la cabeza y que no tenga luego pesadillas…

—Sí, es verdad…

—¡Claro, yo la crie …! Y yo debo cuidarle.


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