La TÃa Tula
La TÃa Tula Resucitó. Volvióle todo el luminoso y fuerte aplomo de sus dÃas más heroicos. Ya no le temblaba el pulso ni le vacilaban las piernas. Y cuando teniendo el vaso con la pócima medicinal que a las veces tenÃa que darle, la pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos firmes y finas, pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce recuerdo, casi borrado para la encamada. Y luego se sentaba la tÃa Tula junto a la cama de la enferma y se estaba allÃ, y esta no hacÃa sino mirarle en silencio.
—¿Me moriré, mamita? —preguntaba la niña.
—¿Morirte? ¡No, pobrecita alondra, no! Tú tienes que vivir…
—Mientras tú vivas…
—Y después…, y después…
—Después… no…, ¿para qué…?
—Pero las muchachas deben vivir…
—¿Para qué…?
—Pues… para vivir…, para casarse…, para criar familia…
—Pues tú no te casaste, mamita…
—No, yo no me casé; pero como si me hubiese casado… Y tú tienes que vivir para cuidar de tu hermano…
—Es verdad…, de mi hermano…, de mis hermanos…
—SÃ, de todos ellos…