La Tía Tula

La Tía Tula

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—Pero si dicen, mamita, que yo no sirvo para nada…

—¿Y quién dice eso, hija mía?

—No, no lo dicen…, no lo dicen…, pero lo piensan…

—¿Y cómo sabes tú lo que piensan?

—¡Pues… porque lo sé! Y además, porque es verdad…, porque yo no sirvo para nada, y después de que tú te me mueras yo nada tengo que hacer aquí… Si tú te murieras me moriría de frío…

—Vamos, vamos, arrópate bien y no digas esas cosas… Y voy a arreglarte esa medicina…

Y fue a ocultar sus lágrimas y a echarse a los pies de su imagen de la Virgen de la Soledad y a suplicarla: «¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Siente que yo me voy, que me llaman mis muertos, y quiere irse conmigo; quiere arrimarse a mí, arropada por la tierra, allí abajo, donde no llega la luz, y que yo le preste no sé qué calor… ¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los míos, sobre esos ojos sin mancha que le di yo…, sí, yo… Que no se muera…, que no se muera… Sálvala, Madre, aunque tenga yo que irme sin ver al que ha de venir…».

Y se cumplió su ruego.


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