La Tía Tula

La Tía Tula

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—Que yo no me muera, ¿eh? No, no debes querer morirte… Tienes a tu hermano, a tus hermanos… Estuviste cerca de ello, pero me parece que la prueba te curó de esas cosas… ¿No es así? Dímelo como en confesión, que voy a contárselo a los nuestros…

—Sí, ya no se me ocurren aquellas tonterías…

—¿Tonterías? No, no eran tonterías. ¡Ah!, y ahora que dices eso de tonterías, tráeme tu muñeca, porque la guardas, ¿no es así? Sí, sé que la guardas… Tráeme aquella muñeca, ¿sabes? Quiero despedirme de ella también y que se despida de mí… ¿Te acuerdas? Vamos, ¿a que no te acuerdas?

—Sí, madre, me acuerdo.

—¿De qué te acuerdas?

—De cuando se me cayó en aquel patín de la huerta y Elvira me llamaba tonta porque lloraba tanto y me decía que de nada sirve llorar…

—Eso…, eso…, ¿y qué más? ¿Te acuerdas de más?

—Sí, del cuento que nos contaste entonces…

—A ver, ¿qué cuento?

—De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía bajar a sacarla, y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto que se llenó el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la muñeca…


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