La TĂa Tula
La TĂa Tula —Bueno, y ahora trae a la muñeca, que quiero verla. ¡Ah! ¡Y allĂ, en un rincĂłn de aquella arquita mĂa que tĂş sabes… ahĂ está la llave… sĂ, esa, esa!… AllĂ donde nadie ha tocado más que yo, y tĂş alguna vez; allĂ, junto a aquellos retratos, Âżsabes?, hay otra muñeca…, la mĂa… la que yo tenĂa siendo niña…, mi primer cariño… Âżel primero?…, ¡bueno! Tráemela tambiĂ©n… Pero que no se entere ninguna de esas, no digan que son tonterĂas nuestras, porque las tontas somos nosotras… Tráeme las dos muñecas, que me despida de ellas, y luego nos pondremos serias para despedimos de los otros… Vete, que me viene un mal pensamiento —y se santiguĂł.
El mal pensamiento era que el susurro diabĂłlico allá, en el fondo de las entrañas doloridas con el dolor de la partida, le decĂa: «¡Muñecos todos!».