La TÃa Tula
La TÃa Tula —No, nada la tiene y lo tiene todo, según —dijo Gertrudis—. Pero en eso hay algo de chiquillada, y aún más. Serás capaz, Rosa, de haberte traÃdo aquella pepona que guardas desde que nos dieron dos, una a ti y a mà otra, siendo niñas, y serás capaz de haberla puesto ocupando su silla…
—Exacto; allà está, en la sala, con su mejor traje, ocupando toda una silla de respeto. ¿La quieres ver?
—Asà es —asintió Ramiro.
—Bueno, ya la quitarás de allÃ…
—Quia, hija, la guardaré…
—SÃ, para juguete de tus hijas…
—¡Qué cosas se te ocurren, Tula…! —y se arreboló.
—No, es a ti a quien se te ocurren cosas como la del perro.
—Y tú —exclamó Rosa, tratando de desasirse de aquella inquisitoria que le molestaba—, ¿no tienes también tu pepona? ¿La has dado, o deshecho acaso?
—No —respondióle resueltamente su hermana—, pero la tengo guardada.
—¡Y tan guardada que no se la he podido descubrir nunca…!
—Es que Gertrudis la guarda para sà sola —dijo Ramiro sin saber lo que decÃa.