La TÃa Tula
La TÃa Tula —Dios sabe para qué la guardo. Es un talismán de mi niñez.
El que iba poco, poquÃsimo, por casa del nuevo matrimonio era el bueno de don Primitivo. «El onceno no estorbar», decÃa.
CorrÃan los dÃas, todos iguales, en una y otra casa. Gertrudis se habÃa propuesto visitar lo menos posible a su hermana, pero esta venÃa a buscarla en cuanto pasaba un par de dÃas sin que se viesen. «¿Pero qué, estás mala, chica? ¿O te sigue estorbando el perro? Porque si es asÃ, mira, le echaré. ¿Por qué me dejas asÃ, sola?».
—¿Sola, Rosa? ¿Sola? ¿Y tu marido?
—Pero él se tiene que ir a sus asuntos…
—O los inventa…
—¿Qué, es que crees que me deja aposta? ¿Es que sabes algo? ¡Dilo, Tula, por lo que más quieras, por nuestra madre, dÃmelo!
—No; es que os aburrÃs de vuestra felicidad y de vuestra soledad. Ya le echarás el perro o si no te darán antojos, y será peor.
—No digas esas cosas.
—Te darán antojos —replicó con más firmeza.