La TÃa Tula
La TÃa Tula Y cuando al fin fue un dÃa a decirle que habÃa regalado el perrito, Gertrudis, sonriendo gravemente y acariciándola como a una niña, le preguntó al oÃdo: «Por miedo a los antojos, ¿eh?». Y al oÃr en respuesta un susurrado «¡sÃ!» , abrazó a su hermana con una efusión de que esta no la creÃa capaz.
—Ahora va de veras, Rosa; ahora no os aburriréis de la felicidad ni de la soledad y tendrá varios asuntos tu marido. Esto era lo que os faltaba…
—Y acaso lo que te faltaba… ¿No es asÃ, hermanita?
—¿Y a ti quién te ha dicho eso?
—Mira, aunque soy tan tonta, como he vivido siempre contigo…
—¡Bueno, déjate de bromas!
Y desde entonces empezó Gertrudis a frecuentar más la casa de su hermana.