La TÃa Tula
La TÃa Tula —No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las noches la soledad me pesa; las hay que las paso en vela.
—Sal después de cenar, como salÃas de casado últimamente, y no vuelvas a casa hasta que sientas sueño. Hay que acostarse con sueño.
—Pero es que siento un vacÃo…
—¿VacÃo teniendo hijos?
—Pero ella es insustituible…
—Asà lo creo… Aunque vosotros los hombres…
—No creà que la querÃa tanto…
—Asà nos pasa de continuo. Asà me pasó con mi tÃo y asà me ha pasado con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo que la querÃa. Lo sé ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y es que queremos a los muertos en los vivos…
—¿Y no, acaso, a los vivos en los muertos …?
—No sutilicemos.
Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuñada a la alcoba y abrÃa de par en par las hojas del balcón diciéndose: «Para que se vaya el olor a hombre». Y evitaba luego encontrarse a solas con su cuñado, para lo cual llevaba siempre algún niño delante.
Sentada en la butaca en que solÃa sentarse la difunta, contemplaba los juegos de los pequeñuelos.