Paz en la guerra

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Concluidos los toques de llamada, empezaron a entrar a misa los que en el pórtico esperaban. En primera fila, en los bancos cabezaleros, de largas capas los que llevaban el año de luto, hasta de hijos muertos segundos después de nacer. Pocas misas había oído Ignacio con mayor complacencia que aquella misa de aldea, en mística y callada comunión con los verdaderos hermanos de sus padres, mientras el coro, el pueblo, contestaba desentonadamente, en la vieja lengua litúrgica que no entendía, en el sonoro latín, al sacerdote. Y luego, mientras el cura despachaba los responsos ante las sepulturas sobre las que ardían, en sus cruces de madera arrolladas, las cerillas por los muertos, quedóse en el atrio, la puerta de la iglesia, el primitivo lugar de las asambleas populares, a la sombra del templo, entre los caseros. Muchos de éstos fueron a saludar al hijo de Peru Antón, el de Elezpeiti, y los más se le presentaron como parientes. Y era de ver cómo conversaban por palabras sueltas, ellos en su escasísimo castellano, en su paupérrimo vascuence él.







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