Paz en la guerra

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Hablaban ellos entre sí de los cuidados de su vida, y preguntaban a Ignacio, como a forastero, de Bilbao, por la marcha de los sucesos políticos, que parecía, sin embargo, interesarles muy poco. El día de la Gloriosa había sido para ellos como los demás días, como los demás sudaron sobre la tierra viva que engendra y devora hombres y civilizaciones. Eran los silenciosos, la sal de la tierra, los que no gritan en la historia. No se quejaban, como en la villa, del gobierno ni le culpaban de sus males, la sequía o el pedrisco, el carbunclo o la epizootia, no eran debidos al hombre, sino al cielo. Viviendo en trato íntimo y cotidiano con la naturaleza, no comprendían la revolución; la costumbre de habérselas con aquélla, que procede sin odio y sobre todos llueve lo mismo, les daba resignación. Obrando sobre ellos sin mediación de estado social, hacíales religiosos; no veían a Dios al través de los hombres. Tampoco se había roto para ellos el primitivo nexo directo entre la producción y el consumo; confían la semilla a la tierra y al cielo, y aprenden a esperar. Arrasaban la borona de su alimento sin culpar al hombre en las escaseces de maíz. Dependían de su tierra y de su brazo, sin más mediador entre aquélla y éste que el amo, cuyo derecho de propiedad acataban sencillamente, cual un misterio más, tan natural como los sucesos todos diarios, a él sometidos como al yugo sus bueyes, borrada en su conciencia colectiva la memoria del arranque de la historia, cuando nacieron gemelas la esclavitud y la propiedad, como estaba borrada en cada uno de ellos la del momento primero en que abriera llorando su pecho al aire de la vida. Cara a cara de ésta vivían, tomándola en serio y con sencillez, sin intención segunda ni reflexión alguna, espontáneamente, esperando, sin pensar apenas en tal esperanza, otra, arrullados por el campo en un canto silencioso, como canto de cuna para la muerte. Labran su vida, y sin desdoblarla reflexivamente, dejan que la fecunde el cielo. Viven estancados por la resignación, inconcios del progreso, con marcha vital tan lenta como el crecimiento de un árbol, que se refleja inmóvil en aguas, que no siendo ni un momento las mismas, parecen muerto espejo sin embargo.


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