Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Después de misa fuéronse los más a la taberna, el hogar colectivo laico, la bolsa de contratación, el centro de los tratos y contratos que acaban, indefectiblemente, en comilona. Allí se hundían en su mayor preocupación, el ducado, y allí se entregaban a la casi única distracción de su vida, el alboroque.

Todos los aldeanos pensaban lo mismo, oyéndolo de boca del cura. Empezaban éstos a atizar el friego.

El cura de aldea, aldeano letrado, segundón de casería pasado de la laya al libro, recibe en su cabeza el depósito del dogma, y se encuentra al volver a su pueblo saludado con respeto por sus antiguos compañeros de bolos. Es un hermano y a la par el ministro de su Dios, hijo del pueblo y padre de las almas, ha salido de entre ellos, de aquella casería del valle o de la montaña, y les trae la verdad eterna. Es el nudo del árbol aldeano, donde se concentra la savia de éste, el órgano de la conciencia común, que no impone la idea, sino que despierta la dormida en todos. Cuando les hablaba, bajaba desde el púlpito la palabra divina como una ducha de chorro fuerte sobre aquellas cabezas recias y consolidadas, recitábales en su lengua archisecular el dogma secular, y aquellas exhortaciones en el silencio de la concurrencia, eco vivo que las redoblaba, eran de efecto formidable.


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