Paz en la guerra

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En vez de reprenderles sus vicios, reprendíales los de otros. Era una señal del tiempo. Y con todo ello iban despertando poco a poco al espíritu del labrador contra el del mercader, al hombre de la laya contra el de la pluma. El pobre aldeano, sin tiempo para ocuparse más que en su labor, tenía ahorrados los viejos dogmas, y venía el mercachifle a arrancárselos, ofreciéndole en cambio teorías averiadas, de tierra de impíos, así como le quitaba poco a poco sus buenas onzas de oro a cambio de papel, invención de liberales. Estos, los liberales, eran los merchantes y los marinos, o gente recién llegada, cuya familia apenas hay quien conozca por completo. Lols bilbaínos entraban en los pueblos en son de conquista, pisaban al bato la sementera, y le manoseaban la mujer.

Al salir de misa, en el pórtico, remachaba el cura sus sermones, poniendo en claro todo aquello que el respeto al templo le impedía dar como palabra divina.

Trabó Ignacio relación con un inquilino de su tío, un tal Domingo, del monte, y fuésele la afición tras de él, de manera que apenas se le separó en los días que hizo en la aldea. Fue un acceso de sentimentalismo campesino, el resultado de sus viejas correrías por las montañas.


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