Paz en la guerra
Paz en la guerra lbase allá apenas amanecía, para volver después de la comida y hasta la noche. Con él se iba a la heredad, empeñándose en hacer algo de su parte. En la casería se ocupaba en desgranar mazorcas o desenvainar habichuelas, rodeado por los muchachos, en aquella cocina de techo ennegrecido. Y se estaba casi todo el día allí, donde tenían para él tanto encanto la oración de la mañana, la bendición de la mesa y el ángelus, cuando la única voz pública de la aldea daba al aire repocado sus notas metálicas y pastosas. En un rincón, tras de la caldera que pendía del techo en medio de la pieza, una viejecita, la abuela de Domingo, ciega y con la razón adormilada, en la sombra, repasaba las horas muertas las cuentas de su rosario, rezando a las benditas ánimas del purgatorio. Y a Ignacio se le oprimía el pecho al ver que allí la tenían abandonada, como a un mueble viejo y de estorbo, dándole como de limosna las sobras de la comida. ¡Qué lágrimas las de aquellos ojos muertos, cuando se posó en sus descarnadas manos una mano caliente, joven y fina, la de un ángel sin duda! «¡qué señor tan bueno, Dios le bendiga!»
A la caída de la tarde, cuando Domingo dejaba la labor, sentábanse él e Ignacio al socaire, junto a los lozanos maizales. El aldeano sacaba de la boina su tabaco, atracaba la pipa de barro y quedábase contemplando a la vaca roja, que se dibujaba sobre el verde del campo. Ignacio, sentado junto a él, callaba.