Paz en la guerra
Paz en la guerra —Esto es triste para bilbaÃno —decÃa Domingo, empezando a disertar acerca de los señores que trabajan con la cabeza, labor más dura que la del campo. Era su tema favorito, porque le costaba mucho pensar, pero notábase desde luego que lo exponÃa cual lección aprendida, reservándose siempre su propio pensamiento, informulado para él mismo.
Callábase luego, y mientras Ignacio sentÃa que le entraba en el alma, dulce como la leche, el campo preñado de reposo, Domingo, dando largas chupadas a su pipa, saciaba su vista en la vaca, acariciándola con la mirada. Porque la vaca le daba crÃa, leche, abono y trabajo, era su providencia y su orgullo. Con una prestada habÃa empezado a vivir, y otra que vendió, con su crÃa, en la feria de Basurto, le dio cuarenta duros, en oro, enterrados en el fondo del arca, el principio de sus ahorros. DirÃase que su casta, en la larga convivencia con el buey, habÃa tomado de él la resignación y la calma fuerte, la laboriosidad, el paso lento con que le seguÃa tras la rastra y el arado, paso a paso, siguiendo el surco fecundo y que como el toro, también su casta, sacada de sus nativos pastos, embestÃa con vigor, llenando los campos ajenos con sus hazañas.