Paz en la guerra
Paz en la guerra Siguiéronse dÃas de ansiedad. Don Juan, indignado de que resistieran los batos en Mañaria y Oñate, después de las noticias del copo de Oroquieta, y de los rumores de huida, muerte o prisión de don Carlos, su rey, pedÃa que les deshiciera Serrano dentro de aquel triángulo en que proyectaba encerrarlos. Y he aquà que de pronto suena la voz de convenio. ¡Convenio! Levantó Bilbao su grito al cielo; sin haber roto un plato, eran ellos, los de la villa leal, quienes iban a pagar los vidrios rotos.
Con Juan José, de vuelta ya de la breve campaña, fue Ignacio a presenciar el recibimiento que la villa hacÃa a Serrano, el del convenio, saludándole con silba.
—Con mamarrachos como éste bien pueden alzar el gallo tu padre y otros como él...
—¿Y con usted, quién se mete? —contestó Ignacio al encontrarse con el padre de Rafaela.
—Calla, desvergonzado... ¡Fuerte, más fuerte! —exclamó enseguida, volviéndose a un chicuelo que junto a él se divertÃa en ensayar la potencia de su silbido.