Paz en la guerra
Paz en la guerra El alzamiento pasó cual nube de verano, pero dejando germen de interminables disputas. Pronunciamiento de paisanos, nacido de una orden, terminó en un convenio; fue tan sólo un motín. Había sucumbido a la misma pesadumbre de su masa; el tiempo, que da resistencia, le mató en flor. Presentaron, además, al enemigo un lingote de hombres, en vez de una masa suelta que, como el azogue, se desparramara para volver a reunirse; efectos todos de la orden.
Don Juan, fuera de sí por el convenio, paseándose por el escritorio, exclamaba:
—¡Al bolsillo!, ¡al bolsillo! Duro en el aldeano..., repartimiento, conforme a fuero, entre los que han salido al monte y sus instigadores..., aumento de migueletes; que pague la provincia, menos Bilbao se entiende, el gasto de las tropas. ¡Quitarles la misa a los curas montaraces...! ¡Al bolsillo!, ¡al bolsillo! ¡Fuera cofradías y congregaciones... son contra fuero...! ¡Mamarracho!, nos llama liberales del tanto por ciento, nos abandona a esos facciosos, sale con que no puede inspirarse en sentimientos locales, sino en la conducta de los guerreros de la antigüedad..., ¡mamarracho!, ¡figurón...!, Juanito!
—¡Papá!
—¡A ver cómo no vuelvo a verte con el hijo del confitero!