Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Una tarde, en un chacolí, narró Juan José a Ignacio la breve campaña.

Habíanse reunido más de tres mil hombres, y formados siete batallones, hubo que despachar a no pocos chicos a sus casas, por falta de armamento. Con fusiles unos y con palos otros, empezaron el ejercicio. ¡Qué entusiasmo al recibir al batallón de encartados, que había desarmado, tras un tiroteo, a veinticinco guardias civiles! Fue un paseo, sobre todo en un principio. Salían los caseros a ofrecerles agua, pan, leche, huevos, queso; llegaban por las veredas, haciendo resonar los montes verdes con sus jijeos, como de romería, las hermanas portadoras de la muda; de los pueblecillos salía la gente a verlos. Rodeados de muchedumbre que les aclamaba, respirando el aire de primavera que henchía la extensa vega, entraron en Guernica, y aquí formaron en el juego de pelota, en algarada de entusiasmo, cuatro mil hombres armados. Dieron vivas a la religión, a los fueros, a España, algún ¡abajo el extranjero! y ni un ¡viva Carlos VII! cual éste mandara y ordenara. Proclamaron allí su Diputación, por el sufragio armado, frente a la intrusa. Vinieron luego los combates, la muerte triste del jefe de las fuerzas, herido al frente de ellas; la marcha nocturna de veintiún horas, a la luna intermitente, por montes y jarales, durmiéndose muchos en pie, y por último el desaliento y el abandono y el convenio final.


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