Paz en la guerra
Paz en la guerra Don José MarÃa visitaba con frecuencia al confitero, yéndole con cuentos y chismes de miseriucas del olimpo carlista, de las disidencias de don Carlos, a quien trataba de cesarista, con la Junta, a cuenta de su favorito y secretario. HabÃase hecho el buen señor cabrerista acérrimo, y no podÃa tolerar que el tÃo Pascual culpara a Cabrera de haberse casado con una protestante. Para el cura el modelo era el Santón, como llamaba don José MarÃa a Lizárraga, el general devoto, que persuadido de que Dios da a las naciones los reyes que se merecen, ponÃa sus manos sobre el pecho, consultaba su corazón y aceptando el que su Dios le daba, doblada la cabeza, pedÃa, si es que era azote, misericordia para sÃ, y conversión para el Rey.
—¡Generales como éste nos hacen falta!
—¡Lo que nos hace falta es programa —replicaba don José MarÃa—, un programa definido..., menos guerreros, menos héroes y más pensadores!
Y el buen señor, persuadido de que las ideas rigen al mundo, como la astronomÃa a los astros, Ãbase trazando en su interior escenas de visitas con éste o con el otro y sosteniendo silenciosos diálogos, mientras arqueaba las cejas y accionaba, sin darse de ello cuenta.