Paz en la guerra
Paz en la guerra Así que se propasaba un poco el chocolatero en la bebida, sentía desleírsele la capa que sobre el espíritu le amasara, con lo oscuro y lo húmedo de la lonja de trabajo, la labor del majadero; gritábale el vinillo generoso: ¡Lázaro, levántate!, y rota la costra, brotaba el juvenil Pedro Antonio de los siete años. Chicoleaba entonces a su mujer, llamándola hermosa; hacía como que iba a abrazarla, mientras ella, encendido el rostro, le rechazaba. El tío Pascual, asistente a la cena, reía, fumando un veguero, e Ignacio se sentía en tales momentos inquieto, incapaz de ahuyentar impertinentes recuerdos.
Esta noche es nochebuena,
Y mañana Navidad...
repetía Pedro Antonio, no sabiendo más de la canción. Después evocaba viejos cantares vascos, de lenta melodía monótona, oídos con recogimiento por su hijo, su mujer y el cura.
Aquella noche se empeñó en hacer bailar a Ignacio con su madre. Retiróse el cura, y Pedro Antonio, más en calma, recogiéndose en el mundo de sus memorias, recordó que aquella noche, la noche de paz y de retiro, la del espíritu de la familia, era además en su mundo interior la noche de la guerra.