Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Desde aquellas alturas de Archanda, teatro de su fechorías infantiles, de sus escapadas y pedreas, contempló a su pueblo un día del mes de agosto. Era de noche, y se veían las procesiones de los mecheros de gas. Pensando en el rinconcito de la siete calles, en su padre, en sus amigos, en Rafaela, se decía: ¿qué harán ahora?, ¡lo que menos se acordarán es de mí!, ¿y si entráramos esta misma noche...?, «... aquí, aquí mismo tuvimos una pedrea, en esa casería nos guarecimos...». La casería estaba quemada, y de ella salió un aldeano que se les acercó.

—¡Esos guiris! —dijo amenazando con el puño a la villa.

—¿Qué hay?

—He mandado venir al hijo que tenía en el oficio en Bilbao, y que vaya a matar guiris...

—¡Bien hecho!

—Han quemado todas por aquí —dijo señalando la ruina de su casería—, no se veía más que hogueras, y los bilbaínos se reirían ahí abajo... Han puesto bandera en el Morro, tienen fuertes y disparan... Me han quemado la casa, y hemos tenido que ir a Zamudio, a casa de un hermano...

Y después de un silencio añadió:

—¡Hay que quemar Bilbao!

Ignacio miraba a aquel hombre que de noche, junto a su hogar en pavesas, amenazaba a la villa.


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