Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—¡Hay que quemar Bilbao!, si hubierais visto..., nos hicieron salir, sacar las cosas, y aquí mismo, con el carro cargado de muebles, estuvimos viendo las llamas... Las pobres vacas mugían de pena, el ternero se escondía bajo la madre lleno de miedo, los chicos y la mujer llorando, y no hacían caso. Así escarmentarás, me decían... ¡Hay que quemar Bilbao!

Iba a resolverse el largo pleito entre la villa y la tierra llana, que llena con sus incidentes, alguna vez sangrientos, la historia del Señorío de Vizcaya. Iba a ahogar de una vez al pulpo, al alambique con que se les extraía los impuestos a la oficina del engaño.

Allí, al pie de ellos, en un repliegue de la montaña se alzaban, dominando a la villa, los viejos muros de la antigua casa-torre de los Zurbarán, testigo un tiempo de las turbulencias de los banderizos, de aquellos rudos parientes mayores, cabezas de la tierra llana, que resistieron con sus mesnadas la formación de las villas, fuerza de los reyes. Aquel viejo caserón era y es monumento del agitado período en que pasó Vizcaya del régimen familiar de la sociedad pastoril al régimen ciudadano de los mercaderes y de las villas; de los buenos usos y costumbres, a las ordenanzas de comercio y los fueros escritos; de la patriarcal casería abierta a todos vientos, a la calle en que se amontonare los hombres; de la montaña al mar.


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