Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Iba a resolverse la larga querella, la del rústico y el urbano; la del hombre de la montaña y del ahorro, con el hombre del ruar y de la codicia.

Y continuaron las marchas y contramarchas, de aldea en aldea, aspeado e impaciente Ignacio.

A fines de mes corrió soplo vivífico por las filas. Al entrar una tarde en un pueblecillo, después de dura caminata, encontráronse con las campanas al vuelo. Una mujer, sofocada y desgreñada, con los ojos enrojecidos, cogía del brazo a su marido, con quien acababa de reñir, y exclamando: «¡han cogido Estrella!, ¡han cogido Estrella!», le invitaba a bailar, fuera de sí, olvidada de la reyerta, en medio del corro que reía el cambio y el entusiasmo. Las mujeres salían a las puertas de las casas. Había sido tornada Estella, la ciudad santa del carlismo.

Había sido tomada Estella, y habíase restablecido a los jesuitas en Loyola, la casa natal del fundador de la Compañía.

Y cuando a los pocos días fue recibido el batallón en triunfo en un pueblecito costero, sintió Ignacio el halago de una ovación merecida, pues el espíritu carlista era el que había peleado y vencido en Estella, los alientos de todos los voluntarios habían alentado a los vencedores de Allo y Dicastillo. Todos eran igualmente miembros del cuerpo vencedor.


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